Nació en Almirante Brown un primero de mayo,
cuando el verano todavía se negaba a irse
y el otoño ya apagaba las esquinas.
Le dieron un nombre, Roberto Matías,
pero el apellido ya venía escrito en pentagrama.
El hijo del Zorzal de Corrientes
creció entre guitarras que hablaban
y radios que enseñaban sin maestro.
En su casa, la música no se aprendía,
se respiraba.
De adolescente se sentó junto al padre,
sin partitura ni método,
solo el oído atento de quien escucha la herencia.
Entre 1979 y 1983 fue guitarrista,
compañero de ruta y de ruta de pueblo,
con el chamamé al hombro como una bandera.
Aprendió que la guitarra no acompaña,
que conversa.
Que el rasguido puede ser oración o despedida,
según el día y el alma.
En 1981 eligió Corrientes.
Dejó atrás la ciudad
y siguió la corriente del río hacia su destino.
Ingresó a la Orquesta Folklórica Municipal,
donde Herminio Giménez dirigía el aire,
y empezó a bordar su historia
entre nombres que hoy son memoria;
Isaco Abitbol, Las Hermanas Vera,
Agustín Barchuk, Rudi y Nini Flores,
Juan Montiel, María del Paraná.
Cada encuentro fue un espejo,
una nota que lo acercó a su voz.
En 1985 grabó por primera vez con María del Paraná.
Cuatro años después, "Peona de campo"
le dio su lugar en la canción correntina.
Su voz no imitaba, recordaba.
No buscaba brillo, buscaba verdad.
Durante casi diez años tocó junto a Mateo Villalba,
en esas Guitarras Chamameceras
que parecían un mismo corazón dividido en cuerdas.
Grabó Misturas y De regreso,
y después compartió siete años con Las Hermanas Vera.
Cada escenario era un regreso,
una vuelta a los patios donde el chamamé se canta al sol.
Con el tiempo dirigió Querencia y Fibra Litoral,
dos grupos que entendieron
que la armonía no es técnica, sino encuentro.
En 1996 se animó al camino propio,
ese que no tiene mapa pero sí oído.
Desde entonces recorrió países y acentos,
Uruguay, Paraguay, Brasil, Chile, Cuba,
Colombia, México, España.
Cada viaje sumó una cadencia,
pero la raíz siguió siendo la misma...
el Litoral.
En 2009 su voz quedó grabada
en su primer disco solista, Amor por fin regresas.
Ahí canta como quien vuelve
y se queda al mismo tiempo.
Sus canciones respiran calma,
incluso cuando nombran el dolor.
Hay ternura en el oficio,
y oficio en cada silencio.
Sus composiciones,
“Padrino del sufrimiento”, “Vuelvo a cantarte chamamé”,
“Litoralmente”, “Desde el escenario”,
“Recuerdos de mi ayer”, “Sauce en la distancia”,
dibujan un mapa de tierra y agua,
de caminos rojos y ríos lentos.
Cada una guarda un pedazo de su mirada,
esa que conoce la pausa del río
y el rumor de las guitarras al caer la tarde.
Grabó con su padre,
con Marci Romero, Héctor Beláustegui, Jorge Toloza.
Siempre discreto,
como si su presencia se adivinara más que se viera.
Hoy su guitarra sigue hablando,
su voz sigue tendiendo puentes.
En cada canción parece volver
a aquel joven que partió hacia Corrientes
en busca de su sonido.
Y lo encontró,
no lejos,
sino en el eco de su propia raíz:
el hombre del Litoral,
que escucha al río
y traduce su silencio en música.
